Carta del Párroco con motivo de la Navidad

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Queridos feligreses del Dulce Nombre de María:

Llega la Navidad y desde un sentido cristiano (el único que cabría desde la fe y la razón) comparto esta reflexión alrededor de las tres fechas más importantes de este tiempo litúrgico: navidad, maternidad de María y Epifanía. Son tres días de precepto que engloban la alegría y esperanza de estas fiestas, y a la vez contienen la llamada de Dios a la santidad y los compromisos que desde el amor conlleva. Es estas líneas también anoto las tentaciones que el maligno utiliza para desviar la atención hacia caminos ajenos a la voluntad de Dios.

25 de Diciembre: día de navidad. Leemos en Juan 3,16: “Tanto amó Dios al mundo que nos dio a su único Hijo…”; la navidad nos trae sobre todo el sentido constante del amor de Dios que quiso encarnarse en cuerpo humano y vivir en este mundo siendo semejante a nosotros en todo excepto en el pecado. Entonces, si Dios ama al mundo hasta ese punto, nosotros (cada uno de nosotros) ha de amar al mundo apasionadamente. Si, apasionadamente, pues el mundo y la carne son enemigos del alma en tanto sean usados indebidamente por la libertad del hombre que cae voluntariamente en el pecado. La alegría de la navidad supone un impulso de amor al mundo para evangelizar todo el mundo, y lleva consigo evitar todo tipo de “espiritualidad de fuga o evasión”. Por supuesto que no hablo de las personas, contadas, que reciben del Dios la maravillosa vocación a la vida consagrada de clausura y que son un tesoro para la Iglesia. Estoy hablando de la mayoría de los bautizados, llamados por el bautismo a ser SANTOS (Mateo 5,48: “sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”). No es utopía: es la voluntad de Dios. El mejor propósito para esta navidad es atreverse a asumir la vocación universal a la santidad y ponerse manos a la obra, desde la oración, vida sacramental y caridad fraterna. A vivir en el mundo pero sin ser mundanos; o dicho de otro modo: con los pies en la tierra y el corazón mirando al cielo.

1 de Enero: día de Santa María Madre de Dios. Si, Maternidad Divina de María….día de precepto. No es día de año nuevo (lo es desde lo civil) solamente, sino ante todo día de acción de gracias por tener en María a nuestra madre que es Madre de Dios. Si la Virgen es Madre de Dios, ¿qué más querrá ella de nosotros que estemos cerca de su Hijo?……por eso siempre digo y diré que la verdadera devoción a María Santísima empieza en el confesonario. Considerar la maternidad divina nos ha de llevar al deseo de vivir en Gracia de Dios, y eso supone una continua mirada al interior de la conciencia, sin temores de ningún tipo y con el solo temor de ofender a Dios que nos ama (ese es el “temor de Dios” como don espiritual). La mejor manera de celebrar el 1 de Enero es con una buena confesión, contrita y serena. La tentación será dejarse llevar de la falsa alegría, de la drogada tranquilidad, de la falsa concepción de la fe. La tentación es afanarse solo por los gozos efímeros donde solo mandan las emociones sentimentales, y no asumir que una fe sin la humildad de arrepentirse y sin la caridad de una voluntad entregada a Dios, es una fe que no sirve para nada, que será como la sal que se vuelve sosa (Mateo 5, 13) y solo vale para tirarla.

6 de Enero: Epifanía, manifestación de Dios: sentido católico (universal) de nuestra fe que ha de llegar a todos los rincones del mundo. En los magos de oriente está representada toda la humanidad llamada a conocer a Cristo. La epifanía es un aliento a la misión, al espíritu de apostolado que ha de comenzar en la propia familia, el trabajo, el ambiente donde uno se mueve…..¡No es necesario irse a Asia o África!….sinceramente creo que son esos continentes los que debieran enviar misionero al occidente consumista. En Mateo 9,35 leemos: “lo que gratis recibisteis dadlo gratis”; la tentación es la torre de marfil: vivir la fe desde lo privado, íntimo, personal….ocultando la cobardía de no querer ser apóstol, de no querer dar la cara por Cristo. El remedio a esa tentación es la conversión personal para ser como el fuego que va quemando a todo el que se acerque, pues si de verdad somos felices por ser cristianos, ¿como es posible que esa dicha no se note?; y por supuesto recordar que toda labor apostólica se inicia siempre en la oración. Lo primero es orar y después vendrá la acción, para evitar que el diablo nos tiente con la vanidad de creernos que somos nosotros los salvadores del mundo.

Si deseo finalizar con la mirada puesta en la entrañable escena de los magos ofreciendo oro, incienso y mirra: el primer tributo de adoración a Dios por parte de la gentilidad (el mundo no judío). Jesús acepta ese tributo, como María y José. Es un signo claro de la Liturgia bien celebrada, con cariño y respeto. Algunos que se trasladaran, por un milagro de la naturaleza, a esa escena, dirían eso de “¿porqué no se ha vendido el oro, incienso y mirra para dar de comer a los pobres?”……….meditemos sobre esto: la gran mentira y la hipocresía de los falsos reformadores de la Iglesia. Aquellos que, como Judas Iscariote escandalizado ante la pecadora arrepentida que derramó sobre Cristo perfume de nardo, no tienen interés alguno en los pobres y solo usan su recuerdo para dañar a la Iglesia. Estos regalos a Jesús son la mejor señal de que Dios SI quiere una liturgia digna, agradable a Él. Una liturgia que transformará los corazones de los que la celebren para que vivan la caridad cristiana no como ideología sino como donación personal. El diablo confunde con mentiras con cáscara de medias verdades…..pero nosotros tenemos verdades completas para formar bien nuestras conciencias. Pongámonos a ello.

Feliz Navidad a todos, y que la vivamos como Dios quiere: asumiendo nuestra vocación a la santidad, desde la verdadera devoción a Santa María y con la disposición del apóstol que empieza su misión en la liturgia celebrada en comunión con Cristo y su cuerpo que es la Iglesia.

Vuestro Párroco, Santiago.