Carta del nuevo Párroco a los hermanos

separador

24 de Septiembre 2014
Fiesta de la Virgen María en su Advocación de la Merced

Carta del Nuevo Párroco a los Hermanos del Dulce Nombre de María

Queridos Hermanos y Hermanas del Dulce Nombre:
Sean mis palabras iniciales de esta primera carta que os dedico: ¡¡¡Un abrazo fraterno para todos!!!
Y unido a ese abrazo mi oración perseverante por todos vosotros y por la querida Hermandad que ha de ser, y será, pilar fundamental para esta Parroquia.

Algunos me habéis acompañado en la primera Santa Misa que celebré como nuevo párroco, y al escuchar mi homilía ya conocéis a grandes rasgos el proyecto pastoral que deseo sea extensivo para todos en la ilusión de llevarlo a efecto y en su tarea diaria. Dios Nuestro Señor, a través del Arzobispo de Sevilla, me envía a Bellavista, y a esta comunidad, para serviros como Sacerdote y poner mi corazón como puente de cercanía a la Gracia Divina. El servicio que Dios me pide es, como bien expresó el Vicario Episcopal en la toma de posesión, saciar la sed de Evangelio y, yo añadiría aún más: construir vida cristiana a todos los niveles (sacramental, formativa y caritativa). Pues vamos a ello con la ayuda de la Santísima Virgen del Dulce Nombre y con el esfuerzo común.

Para los que trabajan en asuntos humanos el tiempo es oro, ¿verdad?; pues para los que trabajamos en asuntos espirituales el tiempo ha de ser gloria (en cita de San Josemaría): pues, ¡aprovechémoslo desde el primer día como ya estamos haciendo!; hay que formar una pìña fraterna alrededor de la Santísima Madre de Dios, y en esa piña unida se encuentra el barrio de Bellavista, vuestra Hermandad y la Parroquia. Y todo para Gloria de Dios y Salvación de las Almas. Por lo que de manera concreta os pido (y me comprometo a dar mi vida en ello):

En primer lugar: hacer de la Santa Misa el centro de nuestra vida. La Misa Dominical (todos los domingos del año) ha de ser irrenunciable, porque Cristo murió en la Cruz por Amor a nosotros y en cada Misa damos gracias a Dios por ello. Hay que recuperar la celebración, si celebración solemne y alegre, de nuestra Redención. Os recuerdo que un cofrade que no vaya a Misa todos los domingos (y lo haga solo en Cultos de Hermandad) no es un cristiano coherente, pues coloca a la Hermandad por encima de la Iglesia, y ha de ser al revés: primero se es católico y, como consecuencia, cofrade. La diferencia es muy grande pues supone vivir en Gracia de Dios o perderla por el pecado mortal que supone faltar a Misa en domingo (ver número 2181 del Catecismo). Un católico “no practicante” es como un enamorado que se niega a amar, o sea, una incongruencia viviente. Vivamos la Fe Católica y por ello: vayamos a Misa para agradar a Cristo y hacer sonreír a la Virgen María, que se pondrá contenta de ver que no pecamos.

Unido a lo anterior: recuperar la vivencia del Sacramento de la Confesión. Me consta que ha sido abandonado en las últimas…..décadas…..y no precisamente por culpa vuestra. Pero hay que volver a ello porque es la Fiesta de la Misericordia. Hoy el diablo ha conseguido, como reconoció con pesar Pablo VI en 1972, que creamos que “nada es pecado, o casi nada” y entonces padecemos un terrible cáncer del alma sin saber que lo tenemos. Hay que volver con urgencia a la confesión y para ello el sacerdote es, ante todo, voz amiga y espejo del Perdón de Dios. El sacerdote, pecador como vosotros, también se confiesa, y es en esa llamada a la Humildad (reconocerse pecador) donde radica el camino único para llegar al Cielo. Sigamos el consejo del Papa Francisco y acerquémonos a la confesión con una regularidad al menos mensual. Hagamos presente la parábola del Hijo Pródigo (Evangelio de San Lucas): al final quien participa del banquete no es el “buena gente” sino el pecador arrepentido, pues Dios está más cerca del que se reconoce pecador que de aquel que se ve tan bueno que no necesita del arrepentimiento.

Seguido a lo dicho: un esmero profundo en formarnos según la doctrina católica sin adherencias o aliños baratos, o sea, la Fe católica sin disfraces o añadidos. Es necesario tener como referente objetivo el Catecismo de la Iglesia Católica y desechar como nociva toda idea u opinión de cualquier teólogo, maestro o sacerdote que no se ajuste a la recta interpretación que sólo la Iglesia hace de la Palabra de Dios (como enseña el Concilio Vaticano II en la “Dei Verbum”). Hay que abandonar de una vez los tópicos (desgraciadamente extendidos a causa de pastorales y catequesis desastrosas) del tipo: “soy católico a mi manera”, “que cambie la Iglesia su doctrina para adaptarla a los tiempos”, “actúo en conciencia pero sin formarla previamente”….y toda tentación de seguir posturas de sacerdotes o agentes eclesiales que por sus cualidades humanas resulten más atractivos que los que en la Iglesia tratan de ser fieles a Cristo y no a subjetivismos clericales.

Fundamental ha de ser un respeto y cariño grande a la Liturgia bien celebrada, lo que nos lleva a recuperar la definición que el Concilio Vaticano II ofrece de la misma en comunión con la tradición de la Iglesia: “La Liturgia es el ejercicio del Sacerdocio de Cristo”, es decir, no es el conjunto de originalidades que nacen de la imaginación del sacerdote o de los agentes pastorales. Eso nos ha de conducir a asumir que la liturgia no nos pertenece pues cada vez que le añadimos nuestras adherencias conseguimos que se secularice y pierda todo su Misterio de Amor. En las últimas décadas hemos contemplado, con horror, como la liturgia católica ha sido envilecida y transformada en un ejercicio de vulgaridad y mimetismo con las modas del mundo, perdiendo así todo su vigor de conversión e intimidad con Cristo. Como recordaba Benedicto XVI en su “Informe sobre la Fe”: la liturgia hoy celebrada en muchas comunidades “causa escalofríos”, pues algunos creen que la liturgia ha de ser “amena y divertida” (que en nada aprovecha al Espíritu) en vez de ser profunda e interpelativa. Bien enseñaba Benedicto XVI que “la liturgia ha de ser repetición de lo solemne y no concurso de novedades”.

La vida de Caridad, que en su aspecto fraterno y solidario tiene bien asumida esta Hermandad, ha de beber siempre de lo anterior para ser realmente evangelizadora. Como recordó El Papa Francisco en su primera Misa como Pontífice: “La Iglesia no es una ONG”. A la caridad social ha de unirse la caridad pastoral y espiritual. Por ejemplo: invitar a un amigo o familiar a ir a confesarse es un acto de caridad infinita, pues le ayudamos a la Salvación de su Alma.

Cinco pedidos que ponemos en manos de la Santísima Virgen María en su Advocación Hermosa del Dulce Nombre. Nuestra comunidad la honra y venera, y al frente de ella esta querida Hermandad. Vamos a caminar todos juntos, párroco y hermandad, desde las Virtudes Teologales y bajo el amparo de la Madre de todas las Virtudes. Caminemos bajo el amparo de nuestra Madre en lo afectivo, Santa María, y bajo la orientación de nuestra Madre Doctrinal, la Iglesia Católica, como así enseñaba San Juan Pablo II:

Desde la fe en Cristo que es el camino, la verdad y la vida.
Desde la esperanza en la vida eterna, a la que somos invitados pero que en última instancia dependerá de nuestra libertad aceptarla o rechazarla
Desde la caridad (amor a Dios y al Prójimo) que, como enseña San Pablo, será finalmente lo único que permanezca si llegamos al Cielo.
Pues comencemos a construir ya un pedacito de Cielo en esta bendita tierra de Bellavista.

Con todo cariño os bendice vuestro Párroco.

Santiago.